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Hasta el moho puede aprender

Hablemos de lugares cálidos, húmedos y donde no llega la luz. Sin ser mentes podridas. Hablemos de las cosas que crecen en lugares así, como el moho. Y ya que estamos en tema, de la mente.


A los humanos nos gusta sentirnos importantes y diferentes del resto de los organismos. Los religiosos llevan siglos diciendo que somos únicos porque tenemos alma, y quienes hablan en serio nos separan del resto de los bichos porque podemos aprender, recordar, planear a futuro y modificar nuestro entorno. Somos inteligentes. O dicho de otro modo, agarramos la lista de cosas que hacemos los humanos, y definimos eso como inteligencia. Así cualquiera. El punto es que no somos los únicos que hacemos esas cosas: los cuervos fabrican herramientas, los chimpancés usan palos para sacar miel de colmenas, los elefantes recuerdan la ubicación de pozos de agua a cientos de kilómetros, los castores construyen represas. Pero claro, al menos nos sentimos especiales por tener un sistema nervioso que está al mando de estas cosas.

En una publicación de esta semana de la revista Proceedings of the Royal Society B, científicos de Francia y Bélgica nos cuentan lo que observaron en el moho “Physarum polycephalum” que parece un moco de una gripe ya madurita.  A pesar de no tener un sistema nervioso central como cualquier moho hijo de vecino, nuestra amiga protista puede aprender. Sí, aprender.

Repasando un poco biología del secundario, los protistas son básicamente organismos eucariotas (que tienen núcleo celular), y que no pertenecen al reino de los animales, hongos ni plantas. Estos mohos en particular, son unicelulares, y se juntan en colonias de mocos gigantes como la foto.

Dispuestos a llegar a su fuente de alimento vía quimiotaxis (crecer en dirección a un estímulo químico) los mohos tenían que cruzar un “puente” y los científicos, de jodidos, les ponían obstáculos. Los obstáculos eran sustancias amargas, como la cafeína, que a los mohos les producían rechazo y en un principio tendían a esquivar.

Después de ponerlos varias veces frente a los obstáculos descubrieron que las células del moho se “descubrían” que las sustancias eran inocuas y se “habituaban”, haciendo el camino mucho más rápido. Si se retiraba la sustancia durante unos dos días parece que nuestro moho se olvidaba todo y volvía a tratar de esquivar los obstáculos otra vez.

Se habrán cansado del uso de las comillas, pero parece que las vamos a necesitar por un tiempo porque este tipo de descubrimientos cuestionan muchísimo lo que entendemos por conceptos como “habituación”. Disminuir la respuesta ante un estímulo era una forma de aprendizaje bastante tosca que, hasta ahora, se creía exclusiva de individuos toscos como nosotros (los animales) con una buena red neuronal, y se pensaba imposible en organismos unicelulares.

Esto es groso porque nos hace rever lo que sabemos sobre microbiología y evolución, y todavía no tenemos idea de cómo las protistas aprenden. Siempre es genial ese período entre que descubrimos un misterio, y encontramos la explicación.


Este muestra un experimento de 2010, en que investigadores usaron la misma P. polycepharum en el centro, imitando la ciudad de Tokio , y colocaron alimento en puntos imitando las ciudades satélites. Sabiendo que no le gusta mucho la luz, usaron luces y sombras para imitar la topografía de la zona, y en un par de horas puf! el moho creció formando una estructura igual a la red de trenes. Que le llevó más de medio siglo pensar a los ingenieros.

Al final, parece que no somos tan especiales.

Habituation in non-neural organisms: evidence from slime moulds DOI: 10.1098/rspb.2016.0446 Amoeba-Inspired Network Design DOI: 10.1126/science.1185570

En colaboración con Federico Fuhrmann, un casi ingeniero civil que muta del iluminismo wannabe al hedonismo berreta.

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